EL ANIMAL DE REEMPLAZO

Hay un fenómeno en los seres humanos que se llama “el niño de reemplazo”. Este término lo utilizó Maurice Porot, un psiquiatra francés, para referirse a aquellos hijos que nacen al poco tiempo de que su madre haya sufrido un aborto o haya perdido a su bebé al nacer o bien con unos pocos meses o años de vida. Después de este gran sufrimiento, la madre queda de nuevo embarazada y tiene lo que se llama un “hijo de reemplazo”, ya que inconscientemente, ese nuevo niño viene a sustituir al que murió, y del que no se ha podido hacer el duelo.

Vincent Van Gohg y Salvador Dalí son ejemplos famosos de hijos de reemplazo.

He visto muchas veces en consulta esto mismo con los animales.

Acaba de morir el perrito de la familia, y enseguida alguien trae a casa un cachorro para “calmar” el dolor de la pérdida. A veces incluso el nuevo cachorro es muy parecido al que falleció, en un intento de “dar el cambiazo” y aquí no ha pasado nada. No es raro que al nuevo miembro se le bautice con el mismo nombre y se le compare con él.

También he visto con frecuencia que un animal sustituye un aborto de una pareja joven.

A los seres humanos nos cuesta mucho enfrentar la muerte. Y estas acciones son totalmente comprensibles, sin embargo hemos de tomar consciencia de que todo tiene sus consecuencias. En su libro, Maurice Porot dio a conocer que los “hijos de reemplazo”presentaban dificultades en su vida porque no se sentían amados por quienes eran, o la confusión de no saber el lugar que ocupaban, les bloqueaba en sus carreras profesionales. Otros presentaban enfermedades inmovilizantes (como se detalla en el libro “El sindrome del Yaciente” del Doctor Salomon Sellan) y la alegría y el placer eran algo que no alcanzaban a sentir ya que portaban esa información de dolor y duelo que marcaba su existencia.

El sentido de la vida que otorgamos al nuevo miembro de la familia tiene en sí el propósito inconsciente de sustituir la compañía y el afecto del que se marchó. Y por tanto ese animal carga con una memoria inconsciente que empapará su forma de comportarse y su vitalidad. Somatizando síntomas o enfermedades que no le corresponden. En realidad cargamos a un individuo con una misión e impedimos que libremente él manifieste y desarrolle la suya.

Os animo a hacer el duelo de nuestros queridos amigos peludos. A nadie nos gusta sentir nuestro cuerpo invadido por la tristeza y la impotencia de verles marchar, pero son las emociones que acompañan las pérdidas. Antes hablaba de “dar el cambiazo” y aquí no ha pasado nada, pero sí, sí ha pasado. Nuestro fiel amigo ha muerto y se merece un respeto. Se merece que estemos tristes el tiempo que necesitemos estarlo. Se merece que lloremos y le echemos de menos.

Así como un nuevo cachorro se merece un nombre especial para él y venir a casa para ocupar su lugar, no para cubrir el hueco de otro.

Eva Vergara Ucelay