Los animales como maestros del Aquí y del Ahora

Elegí estudiar veterinaria seguramente por un incidente que viví de niña: de camino al colegio un gran perro blanco apareció en la calle, todo ensangrentado, tambaleándose y con la mirada perdida, seguramente por el impacto recibido de algún coche. En esa época, los perros de las fábricas andaban sin collares, ni dueños, salían de paseo y volvían a la nave para comer y dormir. Y este valiente debía ser uno de ellos. Yo gesticulaba y lloraba pidiéndole a mi madre que fuéramos a socorrerle. Pero ella tenía miedo de su reacción y sin soltarme de la mano aceleró el paso mientras, para intentar calmarme, me decía: “ahora viene la policía y le lleva al médico de animales”.

Después de 20 años como veterinaria, echo la vista atrás y pienso que si estudié esta carrera para ayudar a los animales, he de confesar que ha ocurrido justo lo contrario: ellos me han ayudado a mí a comprender el juego de la vida y la muerte.

No es un tema del que nos guste hablar, pero hablar de vida sin hablar de muerte, no tiene sentido. Ambas vienen juntas y no es posible la una sin la otra. Y los animales lo saben. Por eso afrontan la vida con tanta ilusión, para ellos es un juego muy serio. Buscar la pelota o atrapar la mosca se convierten en actividades que requieren su presencia al 100%, sus 5 sentidos están Aquí y Ahora y no les vas a convencer de que hay algo más importante que vivir este preciso momento.

Da igual que el frío sea tan intenso que se vea la respiración o que el calor derrita el asfalto de la carretera…es hora del paseo, hora de seguir el rastro de un intruso, hora de marcar el territorio exhaustivamente (un trabajo arduo y a veces ineficaz, pero hay que hacerlo, cada día, varias veces), hora de acicalarse y limpiar el sedoso pelaje y se entregan con pasión. Y lo único que puede hacerles perder interés es que se sientan enfermos, en cuyo caso escuchan su cuerpo y respetan la necesidad de descanso, de ayuno, como grandes maestros que son, conectados con su sabiduría interior.

Porque viven la Vida, cuando llega la hora de marcharse, no hay drama. No hay miedo. Saben que todo irá bien. Que nada de lo que han vivido se perderá, que ha merecido la pena esta experiencia el tiempo que les haya regalado la Madre Naturaleza, esa madre que ahora, en su partida, les espera y les acoge.

Un gran error que se comete con los animales es humanizarlos. A menudo escucho que “Pipa” rompió el sofá por venganza o que “Max” se orinó porque tiene mala leche, pero son incapaces de albergar rencor o resentimiento y mucho menos 2 días después del castigo. Agreden para protegerse o por miedo, orinan para marcar su territorio o por ansiedad, pero no hay una “mala intención” oculta tras un comportamiento totalmente biológico. Las malas y las buenas intenciones son producto de nuestra mente humana que califica y clasifica todo y por eso ellos no saben lo que es la culpabilidad, porque nunca se juzgan a sí mismos, lo que ocurrió se acepta sin buscar culpables. Por eso cuando mueren ni cargan resentimiento, ni culpabilidad, ni todas esas emociones cultivadas por nuestra mente humana, y así, tan ligeros de peso, se les puede ver expirar su último aliento en paz consigo mismos y en paz con el mundo.

Y a la hora de demostrar su cariño...incondicionales hasta la médula. Lo harán sin esperar que les sea correspondido.

 

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